Nuevos horizontes de futuro
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Escribe: Gustavo Antúnez.
Hoy en día parece que el principal problema político son los desencantados, decepcionados o enojados porque las cosas no funcionan según su parecer, el proverbial sesgo individualista y egocéntrico que anida en la matriz ideológica que nos legó el neoliberalismo, se expande a la grupa de las tendencias del neofascismo corporativo que surcan esta región y el continente. Incluso una democracia fuerte y estable como la nuestra se ve tensionada por impulsos destituyentes y por tendencias de pensamiento tóxico. Y el problema es que tenemos debilidades, una trama social muy erosionada y dificultades para construir nuevos horizontes de futuro. Si me permiten, el tema no es «gritar los goles del gobierno», no se trata de problemas de comunicación, tampoco se trata del estilo de liderazgo. La cuestión de fondo es que al menos hasta el momento, las bases fundamentales de un sistema injusto y desigual siguen intactas.
El insondable fetiche de la inseguridad
Casi todas las semanas tenemos en el escenario del show mediático una nueva encuesta que proclama como si fuera un gran hallazgo ordenador del debate público: para la mayoría de las y los uruguayos «el principal problema del país es la inseguridad». Pero algunos investigadores que avanzaron un poco más allá de lo evidente, encontraron que cuando las personas mencionan el sintagma «la inseguridad», además de la referencia obvia al tema de la seguridad pública, están hablando de algo más profundo, porque el verdadero malestar subyacente, alude a otro tipo de inseguridad, más densa, más cercana y más difícil de elaborar; es ni más ni menos que ese sentimiento real y complejo de incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad que predomina en todas partes y que conlleva para mujeres y hombres la amenaza de la desintegración. Este conflicto es más significativo que la espontánea preocupación por los hechos criminales, la violencia o el crimen organizado, no solo se refiere a la economía, el estudio o el trabajo, sino a nivel inconsciente, tiene que ver con la forma en que los sujetos se identifican con posiciones sociales y racionalizan su malestar. En el fondo de nuestros sentimientos y de las ideas, sabemos bien que el orden razonablemente estable que rige nuestra sociedad de hoy por hoy está funcionando mal.
Ese malestar inmanente que vivimos todas y todos en este tiempo enloquecido, opera en silencio y casi no se ve, salvo cuando surgen las tendencias destructivas o autodestructivas, o en los tan extendidos casos de angustia, ansiedad y depresión. Pero no se trata de una patraña o un engaño de algunos avivados, sino de una estrategia de defensa y hasta sobrevivencia, una narrativa afectiva que permite a las personas soportar la angustia estructural que provoca el sistema en que vivimos. Para conseguirlo nos valemos de un chivo expiatorio: una figura externa que resume el odio, la frustración, el goce prohibido. No podés disfrutar de los privilegios de algunos -te dicen- porque algo o alguien te lo impide. Ese alguien va cambiando con el tiempo: hace unos años era «el pichi», «el vago» mucho antes fue el esclavo, el judío, el inmigrante, el musulmán, los negros, las feministas, el queer, el gay, la lesbiana, el trans y ahora está «el cuidacoches» o las personas en situación de calle. Pero en el marco de ese planteo, el antagonismo de clase no desaparece, antes bien lo desplazamos: no lo tomamos como lucha política, sino como conflicto moral o cultural. La ideología no niega la desigualdad: la justifica, la invisibiliza y la hace tolerable, siempre que haya un otro culpable a quien responsabilizar por el malestar propio. Así es que nos metemos en discusiones y una disputa fuera de foco, que no se dirige a resolver los problemas de fondo.
Son las cosas de la vida real
Esa inseguridad humana de fondo no la resuelve la Policía, el ministro del Interior, el nuevo plan integral de seguridad pública o el escudo de las Américas. No tiene nada que ver, en primera instancia, con el Ministerio de Justicia, ni con la reforma del proceso penal, tampoco con el proyecto de competitividad o … Son las cosas de la vida real, seguimos pagando precios y tarifas caros, aún con el grado inversor y la inflación más baja del siglo. Todavía hay 142.000 personas que no consiguen trabajo, y hay alrededor de medio millón de personas que sobrellevan una situación vulnerable. Podemos tener el salario mínimo más alto de la región, pero la o el que gana $30.000, si tiene que pagar un alquiler de $24.000 está frito. Hay como un millón de personas que no pueden pagar sus deudas frente a un sistema financiero casi siempre rapaz. Y para colmo, casos como el de la violencia y muerte de Jonathan en Montevideo, o el nacimiento de un bebé en la calle en Artigas y la respuesta del hospital son inaceptables. He ahí el núcleo duro de la etiología del malestar en el nuevo ciclo progresista que con el paso del tiempo se puede convertir en adversidad política. Es decir, antes que los grandes temas de Estado está la vivencia cotidiana de millones de personas y es allí donde hay que actuar primero, para luego poder encarar otros asuntos. A todas y todos nos encantan los logros, pero para obtener un genuino sentimiento de bienestar, en lo personal y lo colectivo, lo que de verdad importa son las expectativas. No tiene caso insistir en lo hecho, eso ya está, la cuestión es cómo seguimos, hablar en voz alta, claro y conciso acerca de lo que vamos a hacer y ser capaces de convocar a todas y todos a ser parte del proceso. En definitiva una vez más el desafío es la construcción de futuro.
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